“Mi padre murió… pero vine a pagar la deuda que dejó”, le dijo la heredera al padre soltero cuya vida su familia destruyó.

—No es dinero de la empresa. Es mío.

—Tu apellido está en todo lo que me quitó.

Lucía no contestó.

Mateo respiró hondo, tratando de no gritar.

—Durante 6 años he sostenido esta casa con trabajos que nadie quería. Valeria cree que soy fuerte. Si permito que tú pagues para que no nos saquen, ¿qué le enseño? ¿Que los mismos que te hunden también deciden cuándo te dejan respirar?

Lucía dobló la carta despacio.

—Entonces déjame usarla como prueba.

—¿Prueba de qué?

—De que alguien dentro del grupo está intentando intimidarte.

Mateo soltó una risa amarga.

—¿Y eso sorprende a alguien?

—A mí ya no.

Durante los siguientes días, Lucía siguió visitando la casa. Siempre sola. Siempre al atardecer. Se sentaba en el escalón de abajo, Mateo en el de arriba, Valeria entre ellos con colores y cuadernos.

La colonia murmuraba.

Don Rutilio, dueño de la tienda, no confiaba en Lucía.

—Aguas, Mateo —le dijo una noche mientras le cobraba leche y frijoles—. Los ricos nunca vienen a pedir perdón. Vienen a recoger firmas.

—No me ha pedido firmar nada.

—Todavía.

Mateo no discutió. Pensaba lo mismo.

Mientras tanto, dentro de Grupo Cárdenas, la noticia ya había llegado al consejo.

El abogado principal, Ernesto Belaunzarán, citó a Lucía en la sala del piso 28, con vista a toda la ciudad. Tenía 62 años, traje gris y la frialdad de quien había pasado media vida limpiando escándalos.

—El asunto San Gabriel está cerrado —dijo.

—Está cerrado porque ustedes falsificaron documentos.

—Ten cuidado con esa palabra.