PARTE 2:EL CONTRATO
A las ocho y media de la mañana, el departamento de Polanco ya parecía una boca sin dientes.
Faltaban los sillones, las lámparas, las alfombras, la televisión principal, el espejo del recibidor, el escritorio de Rodrigo y hasta la cafetera italiana que Graciela usaba cada domingo mientras hablaba mal de medio mundo.
“¡Esa sala es de mi hijo!”, gritó Graciela, siguiendo a los mudanceros como si pudiera detenerlos con el puro veneno de su voz.
“No”, contestó Mariana. “La compré yo en 2020. La factura está a mi nombre.”
“¡El comedor!”
“También.”
“¡El refrigerador de vinos!”
“También.”
Rodrigo se quedó junto a la cocina, mirando cómo desaparecía el lujo que durante años presumió como si fuera fruto de su trabajo. Su negocio de importación de equipo médico llevaba tiempo hundiéndose, pero él había preferido vivir dentro de una mentira cómoda.
“Mariana, no hagas esto”, dijo al fin.
Ella lo miró.
“¿Esto? ¿Irme de una casa de donde tu madre me echó con tu permiso?”
Rodrigo apretó la mandíbula.
“No era necesario hacer un espectáculo.”
Mariana soltó una risa seca.
“¿Espectáculo? Durante años ustedes montaron uno completo y me hicieron pagar la escenografía.”
Diego apareció en la entrada del pasillo. Valeria estaba detrás de él, pálida, con una mano en la cintura y otra sobre el vientre.
“¿Qué está pasando?”, preguntó Diego.
Graciela se giró hacia él de inmediato.
“Tu madrastra está haciendo un berrinche. Ya sabes cómo es.”
Mariana miró al muchacho. Durante años había visto en sus ojos una distancia que nunca entendió por completo. No era indiferencia. Era una desconfianza sembrada.
Por un segundo quiso explicarle todo, pero no era el momento.
A las nueve cuarenta, los mudanceros bajaron el último librero. El departamento quedó con eco. Solo quedaban las recámaras de Graciela y Diego, algunas maletas de Valeria, la ropa de Rodrigo y un silencio espeso.
Entonces Graciela cruzó los brazos.
“Puedes llevarte tus cosas. Pero esta sigue siendo nuestra casa.”
Mariana abrió su bolso, sacó una carpeta azul y la sostuvo contra el pecho.
“Desde hoy, ustedes pueden pagar los 185,000 pesos de renta mensual.”
El silencio cayó como una piedra.
Diego parpadeó.
Valeria abrió la boca, pero no dijo nada.
Rodrigo cerró los ojos.
Graciela fue la única que fingió no entender.
“¿Qué vulgar mentira es esa?”
“No es mentira”, dijo Mariana. “Durante cuatro años, cada primer día del mes, la renta salió de mi cuenta. Rodrigo pagaba servicios y despensa para que tú siguieras creyendo que él mantenía todo.”
Graciela miró a su hijo con rabia.
Rodrigo no la miró de vuelta.
Mariana continuó:
“Cada comida elegante que ofreciste aquí. Cada vez que presumiste el edificio. Cada vez que me llamaste mantenida en voz baja. Todo lo pagué yo.”
Graciela se recompuso con una mueca.
“Mi hijo jamás permitiría algo tan humillante.”
“Lo permitió. Me lo pidió. Y yo acepté porque creí que proteger su orgullo era una forma de amor.”
Abrió la carpeta y sacó tres documentos.
“El primero es el contrato de arrendamiento. Solo lleva mi firma. Rodrigo fue rechazado por mal historial crediticio.”
Rodrigo tragó saliva.
“El segundo es el aviso de no renovación que envié esta mañana a la administración. El contrato termina en sesenta y dos días.”
Graciela dio un paso hacia ella.
“No puedes hacer eso.”
“Sí puedo. Y ya lo hice.”
Valeria se sentó lentamente en una silla plegable que uno de los mudanceros había dejado. Diego seguía mirando a Mariana, como si acabara de descubrir que el piso bajo sus pies no era piso, sino vidrio.
“El tercero no es para ustedes”, dijo Mariana.
Sacó una fotografía vieja.
En la imagen, Diego tenía catorce años y sostenía un listón de segundo lugar en una feria de ciencias. Estaba serio, flaco, con el cabello mal peinado y una cartulina detrás que decía “Intercambio iónico”.
“Esa foto es para Diego.”
Él la recibió con manos rígidas.
“Yo tomé esa foto”, dijo Mariana. “Tu papá estaba en Monterrey. Tu abuela dijo que tenía una misa. Yo fui sola. Me quedé tres horas. Después te llevé por una hamburguesa.”
Diego miró la imagen.
“Me acuerdo.”
“Entonces voltea la foto.”
Diego obedeció.
Atrás había una frase escrita con tinta negra:
“Fui a todas. Pregúntale a tu abuela por qué te dijo que no.”
Graciela palideció.
Por primera vez en años, no encontró una frase para defenderse.
Mariana tomó su bolso y caminó hacia el elevador.
Diego levantó la mirada.
“¿Qué significa esto?”
Ella quiso responder, pero decidió que ya no le correspondía salvar a Graciela de sus propias mentiras.
“Significa que a veces la persona que más habla de familia es la primera que la destruye.”
Las puertas del elevador se cerraron frente a ella.
Y del otro lado, Diego se quedó con la fotografía en la mano, sin saber que esa frase iba a partir su vida en dos.
PARTE 3:
