Su presencia empezó a acomodar algo que yo no sabía que tenía torcido.
El juicio contra Arturo tardó años.
Mi abuela murió antes de pedirle perdón a Ramiro. En el velorio, mis primos se acercaron con cara de culpa.
—Nosotros no sabíamos.
Mi mamá respondió:
—No sabían porque no quisieron preguntar.
Nadie dijo nada.
Ramiro se quedó afuera, sentado en la banqueta, mirando sus zapatos nuevos como si todavía esperara que alguien lo echara.
Me senté junto a él.
—¿No vas a entrar?
—A veces uno ya enterró a la gente antes de que se muera.
No supe qué contestar.
Le pasé una botella de agua.
Él la tomó.
Y eso fue suficiente.
Arturo fue condenado por fraude, falsificación, despojo y amenazas. La muerte de mi abuelo Aurelio se reabrió, aunque el tiempo ya se había comido demasiadas pruebas para darnos justicia completa.
Pero su nombre dejó de ser el del hombre trabajador que “salvó” a una mujer sola.
Se convirtió en expediente.
En sentencia.
En vergüenza.
El licenciado Salas también cayó. Menos de lo que merecía, pero lo suficiente para que dejara de llegar a casas pobres con papeles falsos y voz de autoridad.
La fábrica de Azcapotzalco nunca volvió a ser lo que fue.
Estaba comida por humedad, ratas y años.
Vendimos una parte del terreno para pagar deudas reales. Con otra abrimos un pequeño taller de reparación de camiones y camionetas.
No era elegante.
No era grande.
Pero el letrero nuevo decía:
Transportes Vargas.
La primera vez que lo colgamos quedó chueco.
—Lo arreglo —dije.
Ramiro negó.
—Déjalo. Así parece que sobrevivió.
Mi mamá se rio desde la entrada.
Esa risa fue la primera señal de que la casa volvía a respirar.
A los 22 años corregí mi acta.
