Préstamos que mi mamá nunca autorizó.
Documentos de Transportes Vargas alterados para convertir una herencia familiar en una deuda imposible.
También encontraron al antiguo guardia de la bodega viviendo en Puebla. Estaba enfermo, viejo y lleno de miedo. Confesó que Arturo le pagó para declarar contra Ramiro.
—Me dijo que si no hablaba, mi familia iba a desaparecer —declaró.
Después apareció doña Mercedes, una secretaria que había trabajado con mi abuelo. Guardaba una caja de documentos porque Aurelio se lo pidió antes de morir.
—Don Aurelio sabía que lo iban a traicionar —dijo—. Pero no pensó que fuera su propio empleado.
El embargo de la casa se suspendió.
El banco, que antes nos trataba como basura, de pronto contestó llamadas cuando escuchó la palabra Fiscalía.
A veces la justicia llega no porque le importes, sino porque alguien poderoso teme quedar salpicado.
Pero llegó.
Ramiro salió del hospital con el brazo vendado.
Mi mamá no lo dejó regresar al cuarto de lámina.
—Ese cuarto se acabó —dijo.
Le pusimos una cama en la sala mientras arreglábamos el cuarto de atrás. Yo no sabía cómo hablarle. Lo veía tomar café en la cocina y sentía 2 vidas peleándose dentro de mí.
En una, era mi tío preso.
En otra, era mi padre robado.
Él nunca me presionó.
Nunca me pidió que lo llamara papá.
Una noche me encontró mirando el acta original sobre la mesa. Se sentó frente a mí, con cuidado, como si temiera ocupar un lugar que todavía no le pertenecía.
—No tienes que quererme rápido, Diego.
Tragué saliva.
—No sé cómo quererte.
Ramiro asintió.
—Yo aprendí a quererte de lejos. Puedo esperar de cerca.
Eso me rompió.
Porque no sonó a reclamo.
Sonó a amor cansado.
Volví a estudiar en la prepa abierta. Seguí trabajando algunas mañanas en la Central de Abasto, cargando cajas de jitomate, chile serrano y cebolla hasta que me ardía la espalda.
Ramiro pasaba por mí con café de olla en vaso de unicel y una torta envuelta en servilletas.
—No sé mucho de matemáticas —decía—, pero puedo no estorbar.
No estorbaba.
