Mi tío salió del penal y todos le cerraron la puerta… excepto mi mamá, que lo abrazó llorando como si él no fuera el culpable. Años después, cuando nos iban a quitar la casa, me llevó a una fábrica abandonada y dijo: “Ahora vas a saber por qué me encerraron.”
—Un día ese desgraciado nos va a hundir —decía mi papá cada vez que lo veía.
Ramiro no contestaba.
Solo bajaba la mirada.
Nunca explicaba nada.
Nunca decía: “soy inocente”.
Eso era lo que más rabia me daba.
Si todos mentían sobre él, ¿por qué no se defendía?
Una tarde lo encontré remendando sus zapatos con hilo negro. Me vio parado en la puerta y sonrió apenas.
—Tú sí vas a saber la verdad, Diego.
—¿Qué verdad?
Miró hacia la cocina, donde mi mamá lavaba platos en silencio.
—No todavía.
Pasaron 3 años.
Y la vida nos cayó encima.
Mi papá perdió el taller mecánico.
Después vendió el coche.
Luego empezaron a llegar sobres del banco, llamadas a todas horas, amenazas educadas de licenciados con traje barato y papeles sellados.
Nos iban a quitar la casa.
La misma casa de Neza donde mi mamá había sembrado bugambilias, donde yo había crecido, donde mi papá gritaba como si todo le perteneciera.
Mi mamá vendió su anillo de boda.
Yo dejé la prepa para cargar cajas en la Central de Abasto.
Una noche llegué con las manos partidas y la encontré en la cocina contando monedas para comprar tortillas. Mi papá estaba borracho en la sala, dormido con la televisión prendida.
Ramiro estaba sentado en la oscuridad.
De pronto dijo:
—Ya es hora.
Mi mamá se quedó inmóvil.
