—No, Ramiro.
—Sí, Clara. Ya les quitaron demasiado.
Mi papá abrió los ojos.
—¿Ahora qué vas a robar, convicto?
Ramiro ni siquiera lo miró.
Solo se levantó y me dijo:
—Ven conmigo, Diego. Te voy a mostrar por qué me encerraron.
—¿A dónde?
—Al lugar donde empezó la mentira.
Mi mamá me agarró del brazo.
—No vayas.
Pero sus ojos decían otra cosa.
Decían: ve.
Salimos sin chamarra. Ramiro caminaba rápido entre calles oscuras, puestos cerrados y perros ladrando detrás de portones. Tomamos 2 micros y luego un taxi viejo que nos dejó frente a una fábrica abandonada en Azcapotzalco.
El portón estaba oxidado.
Las ventanas, rotas.
En una pared todavía se leían letras viejas:
Transportes Vargas.
Ese apellido no era el mío.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Ramiro sacó una llave amarrada con hilo rojo.
—La empresa de tu abuelo Aurelio.
—Mi abuelo murió de un infarto.
Ramiro me miró con una tristeza que me dio miedo.
—Eso te dijeron.
