Abrió el portón.
Adentro olía a gasolina vieja, polvo y ratas. Caminamos entre cajas podridas, llantas secas y máquinas cubiertas con lonas. Al fondo había una oficina sellada con un candado grueso.
Ramiro tomó una varilla y lo rompió.
—Juré que no abriría esto hasta que tu mamá estuviera en peligro.
—¿Qué hay ahí?
Por primera vez, vi miedo en sus ojos.
—La razón por la que Arturo quería verme muerto.
Empujó la puerta.
Un foco parpadeó.
La oficina estaba llena de fotos pegadas en la pared.
Fotos de mi mamá joven.
Fotos de Ramiro esposado.
Fotos de mi papá contando fajos de billetes.
Y en medio, una foto mía de bebé, con una nota escrita a mano:
“Si el niño pregunta, digan que Ramiro fue el ladrón.”
Sentí que el piso se movía.
—¿Por qué hay una foto mía aquí?
Ramiro abrió un cajón metálico y sacó una carpeta amarilla.
Me la puso en las manos.
Arriba decía:
Acta original de nacimiento: Diego Ramiro Vargas.
Me quedé helado.
—Mi segundo nombre no es Ramiro.
Ramiro tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Sí lo es.
—¿Por qué mi apellido dice Vargas?
No respondió.
Detrás de nosotros se escuchó una puerta cerrarse.
Ramiro apagó el foco de golpe y me empujó detrás de un archivero.
—No sueltes esa carpeta.
—¿Quién viene?
Los pasos se acercaron por el pasillo.
