Lentos.
Pesados.
Y entonces escuché la voz de mi papá:
—Ramiro… sal de ahí.
PARTE 2
La voz de mi papá no sonaba borracha.
Eso fue lo que más miedo me dio.
En la casa arrastraba las palabras, olía a cerveza y golpeaba la mesa como un hombre perdido. Pero en esa fábrica abandonada su voz era firme, fría, limpia.
Como si ese fuera el verdadero Arturo Maldonado.
Ramiro salió de la oficina con las manos levantadas.
—No le digas hijo como si no supieras lo que hiciste.
Mi papá entró.
Traía una pistola.
Detrás de él apareció el licenciado Salas, el mismo abogado que semanas antes había llegado a nuestra casa con los papeles del embargo. El mismo que le habló a mi mamá como si ella ya estuviera fuera de su propia cocina.
Salas me vio escondido con la carpeta amarilla.
—Dame eso, muchacho.
Yo apreté los papeles contra el pecho.
Mi papá levantó la pistola hacia Ramiro.
—Ya arruinaste tu vida una vez. No arruines la del niño.
Ramiro soltó una risa seca.
—Tú arruinaste la mía cuando mataste a Aurelio.
El nombre de mi abuelo rebotó contra las paredes.
Aurelio Vargas.
El hombre que, según mi mamá, murió cuando yo era bebé.
El hombre del que en la casa casi nunca se hablaba.
—Cállate —dijo mi papá.
—Lo mataste aquí —continuó Ramiro—. En esta bodega. Porque descubrió que estabas robando Transportes Vargas.
Yo miré las letras viejas en la pared.
