Transportes Vargas.
No Transportes Maldonado.
Salas se acomodó los lentes.
—Nada de eso se puede probar.
Ramiro señaló las fotos.
—Por eso Aurelio guardó copias. Sabía que ustedes iban a limpiar todo.
Mi papá dio un paso hacia mí.
—Diego, dame la carpeta. Ese hombre estuvo preso por robar.
—¿Por qué mi acta dice Vargas? —pregunté.
Nadie contestó.
El silencio me respondió antes que ellos.
Miré a Ramiro.
Al hombre que dormía en el cuarto de lámina.
Al que todos insultaban.
Al que mi mamá abrazó llorando.
—¿Tú eres mi papá?
Ramiro cerró los ojos.
Mi papá sonrió con odio.
—Felicidades. Ya le rompiste la cabeza.
—No —dijo Ramiro—. Tú se la llenaste de mentiras desde que nació.
Sentí que algo se me quebraba por dentro.
—Contéstame.
Ramiro abrió los ojos.
—Sí, Diego. Yo soy tu papá.
No sentí alegría.
Sentí rabia.
Sentí que alguien había entrado a mi infancia y había cambiado los nombres mientras yo dormía.
—¿Y tú lo sabías? —le dije a mi papá.
Arturo avanzó.
—Yo te di casa. Te di apellido. Te di una familia.
—Me diste una mentira.
Su cara cambió.
Por un segundo dejó de fingir.
—Dame esos papeles.
Salas se lanzó hacia mí, pero Ramiro lo empujó contra el escritorio. Mi papá levantó el arma. Yo grité.
El disparo retumbó como un trueno encerrado.
