Ramiro cayó de espaldas.
La carpeta casi se me resbaló de las manos.
—¡Ramiro!
La sangre empezó a mancharle el hombro.
Mi papá respiraba agitado, con los ojos abiertos de par en par, como si acabara de entender que ya no podía regresar.
Salas corrió hacia la puerta.
Yo vi una llave inglesa en el piso y la lancé con todas mis fuerzas. Le pegó a mi papá en la muñeca. La pistola cayó y resbaló debajo de una silla.
Entonces la puerta principal se abrió de golpe.
Entraron 2 agentes con chalecos de la Fiscalía.
Detrás venía mi mamá.
Pálida.
Temblando.
Pero de pie.
—Ya estuvo, Arturo —dijo.
Mi papá se quedó helado.
—Clara…
—No me digas así.
Nunca la había escuchado hablarle con tanta calma.
Una agente levantó un celular.
—Tenemos grabada parte de la conversación. Nadie sale de aquí.
Salas levantó las manos.
—Esto es una confusión.
Ramiro, sangrando en el piso, soltó una risa amarga.
—20 años le llamaron confusión a la verdad.
Yo miré a mi mamá.
—¿Tú sabías?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sí.
La palabra me dolió más que el disparo.
—¿Sabías que Ramiro era mi papá?
Asintió.
—¿Y me dejaste creer que era un ladrón?
Antes de que respondiera, Arturo gritó:
—¡Porque yo podía quitártelo! ¡Podía quitarte todo!
Los agentes lo sujetaron.
Él forcejeó.
—¡Yo les di vida! ¡Yo los protegí!
Mi mamá lo miró como si por fin estuviera viendo el monstruo completo.
—Nos diste miedo. Lo demás lo robaste.
Ramiro levantó la mano hacia mí.
—Diego… no sueltes la carpeta.
La apreté contra mi pecho.
Y en ese momento entendí que todavía faltaba la peor verdad por salir.
