Pagó el camión de una anciana con sus últimos 50 pesos… sin saber que era millonaria.

El consultorio del doctor Rivera estaba dentro de una clínica privada. Carmen quiso negarse 3 veces, pero Lucía le apretó la mano.
Los estudios fueron claros: lesión lumbar seria, inflamación crónica y riesgo de daño permanente si seguía cargando muebles.
Carmen lloró en silencio, no por el dolor, sino porque durante años todos le habían dicho que exageraba.
Mercedes entró con el informe en la mano. —Ahora iremos con sus patrones.
—No puedo enfrentarlos —dijo Carmen—. Necesito ese trabajo.
—No, Carmen. Lo que necesita es dejar de pedir permiso para ser tratada como humana.
Una hora después, las camionetas se detuvieron frente a una torre de lujo en Polanco. El guardia reconoció a Carmen y frunció la boca. —Entrada de servicio es por atrás.
Mercedes bajó detrás de ella. —Hoy entramos por el frente.
Subieron en elevador hasta el penthouse de los Alcázar. Patricia abrió con una copa de jugo verde en la mano y una bata de seda. —Carmen, llegas tarde. ¿Y quién es esta gente?
Mercedes dio un paso adelante. —La mujer que financia el banco que sostiene el negocio de su marido.
Patricia se quedó muda.
En ese instante, desde dentro del departamento, una niña pequeña gritó: —¡Mamá, dile a Carmen que mueva otra vez el sofá! ¡Está chueco!
Carmen bajó la mirada por costumbre.
Mercedes no. —Se acabó.
Y justo cuando Patricia intentó cerrar la puerta, Roberto recibió una llamada, palideció y le mostró la pantalla a Mercedes.
En la pantalla aparecía una noticia de último minuto: el bolso robado de Mercedes había sido encontrado en el coche del hijo de Patricia Alcázar.