Pensó que su mensaje me destrozaría. En cambio, desencadenó una serie de acontecimientos que jamás imaginó.

Me había vuelto a quedar dormida en el sofá, algo que últimamente ocurría con más frecuencia de maneras que no había analizado detenidamente. Ethan estaba en Las Vegas para una conferencia de trabajo, la tercera en seis meses, y sin él la casa se sumió en una quietud particular que me dije que echaría de menos cuando volviera. Ya imaginaba en mi mente, medio dormida, los pequeños placeres domésticos del reencuentro: un café para dos, el sonido de su llave en la cerradura, la arquitectura cotidiana de una vida que, desde dentro, parecía sólida.

Tenía treinta y cuatro años. Llevaba seis años casada con un hombre que conocí en un evento de networking cuando tenía veintisiete. Era de esas personas que conocían a todo el mundo y parecía que les resultaba natural. Trabajaba en gestión de proyectos para una constructora regional, un trabajo que requería un temperamento específico: metódica, imperturbable, cómoda en la incertidumbre entre lo que un plan predice y lo que realmente sucede. Se me daba bien. Se me daban bien casi todas las cosas que requerían controlar múltiples variables y adaptarme sin pánico cuando alguna cambiaba.

El matrimonio había sido, en cierto modo, otro proyecto. No en un sentido frío, o al menos no era mi intención. Lo entendía como cualquier compromiso a largo plazo que requiere mantenimiento: hay que revisarlo, reparar lo que se desgasta, actualizar el plan cuando cambian las circunstancias. Yo había sido quien se encargaba de la mayor parte de ese mantenimiento. Lo había comprendido de alguna manera sin analizarlo directamente, como cuando uno se da cuenta de que una bisagra de su casa está un poco floja sin considerarlo un problema urgente.

Ethan era encantador y sociable, y tenía el don de hacer que cualquier situación pareciera festiva. También era, según llegué a comprender, un hombre que percibía el esfuerzo principalmente como algo que aportaban los demás.