Parte 2: La casa de Teresa parecía un museo sin vida hasta que Marina cruzó la puerta.
Carmen, el ama de llaves, llevaba 30 años trabajando ahí.
Al ver a la joven sucia, con la bolsa negra contra el pecho, quiso preguntar, pero se contuvo.
—Prepara la habitación azul —ordenó Teresa.
Carmen palideció.
—¿La habitación azul, señora?
—Sí. Esa.
Nadie había abierto ese cuarto en 22 años.
Era el cuarto de Camila:
paredes pintadas con nubes, una cuna cubierta con una sábana blanca, muñecos intactos y un silencio que Teresa visitaba solo en fechas de dolor.
Cuando Marina bajó después del baño, con el cabello limpio y una blusa sencilla de lino, Teresa tuvo que sujetarse del marco de la puerta.
Sin la mugre, la joven no parecía una desconocida.
Parecía el fantasma vivo de su hija.
Esa noche cenaron juntas en la cocina porque Marina dijo que el comedor le daba miedo.
—Quería ser maestra —confesó Marina—
En el albergue enseñaba a leer a los niños chiquitos.
Era lo único que me hacía sentir útil.
Teresa sonrió con los ojos húmedos.
—Entonces volverás a estudiar.
Marina negó rápido.
—No quiero deberle nada.
—No sería una deuda. Sería una oportunidad.
