“¿Puedo comer sus sobras?” — le preguntó una chica sin hogar a una multimillonaria… sin imaginar que esa pregunta revelaría un secreto de 22 años.
Teresa se arrodilló frente a ella.
—Hace 22 años me robaron una hija. Me hicieron creer que había muerto.
La lloré sobre una tumba vacía. Esa niña se llamaba Camila.
Marina dejó de respirar.
—Yo crecí en un albergue porque me dijeron que nadie me quiso.
—Yo sí te quise —dijo Teresa, llorando—
Te quise todos los días sin saber que seguías viva.
Le entregó la prueba.
Marina leyó el papel. Sus manos comenzaron a temblar.
—No… no puede ser.
—Sí puede, mi amor.
Tú eres mi hija.
La palabra salió de Marina como un llanto antiguo.
—Mamá…
Teresa la abrazó con desesperación.
Pero al otro lado de la reja, Iván observaba la casa.
Ya había hablado con Rogelio.
Y juntos preparaban la mentira más cruel:
hacer que Teresa creyera que Marina lo sabía todo desde el principio y que solo había vuelto por dinero.
