Se marchó en busca de una vida mejor. Entonces llegó una muñeca sucia para su hija, con un secreto que nadie vio venir.

Elena estaba descalza en el pasillo, con una mano presionada contra su pecho y la otra agarrando su teléfono con tanta fuerza que le dolían los dedos. Detrás de ella, Sophie, de cinco años, dormía en su habitación con la muñeca de trapo sucia bajo un brazo, sin saber que el juguete que su padre le había enviado acababa de convertir su tranquila vida en una pesadilla.

Elena se acercó lentamente a la mirilla.

Se le cortó la respiración.

Una mujer estaba parada afuera.

Alta. Elegante. Perfectamente vestida con un abrigo color crema que parecía más caro que todo lo demás en el apartamento de Elena junto. Su cabello oscuro estaba recogido en un moño bajo impecable, y los diamantes brillaban en sus orejas incluso bajo la tenue luz del pasillo.

Camila Whitmore.

La nueva esposa de Alejandro.

La mujer por la que los había abandonado.

La mujer de las revistas, las galas benéficas, las vacaciones de lujo y las fotos de boda donde Alejandro sonreía como si hubiera cambiado la vida ordinaria por el paraíso.

Pero la identificación escondida dentro de la muñeca de Sophie decía que su verdadero nombre no era Camila Whitmore.

Decía que  Lucia Hernandez nació en un pueblo pobre de la zona rural de Arizona.

A Elena se le heló la sangre.

Camila volvió a golpear.

—Elena —llamó a través de la puerta. Su voz era suave, pero había algo cortante en ella—. Abre la puerta. Sé que estás despierta.

Elena retrocedió.

El USB seguía conectado a su portátil sobre la mesa de la cocina. El rostro aterrorizado de Alejandro se había quedado congelado en la pantalla, con la boca entreabierta y los ojos muy abiertos; el vídeo se interrumpía por unos pasos en la oscuridad.

Sálvame. No confíes en ella.

El primer instinto de Elena fue llamar al 911.

Entonces recordó la voz de Alejandro.

No vayas a la policía. Ella es la dueña.