—Claro.
—Usted dijo que su hijo murió huyendo. ¿Se arrepiente de no haber sabido la verdad a tiempo?
Maggie asintió lentamente.
—Todos los días. Pero me he dado cuenta de que a veces la verdad no es algo que puedas encontrar. Es algo que tienes que dar. Y mi hijo no me dio la suya. No porque no confiara en mí, sino porque quizá no confiaba en sí mismo para ser perdonado.
Jesse se quedó callado.
—No quiero ser así —dijo al fin.
—Entonces no lo sea —respondió Maggie.
Jesse arrancó la moto y el motor ronroneó con un sonido grave y constante. Antes de ponerse el casco, se volvió hacia ella.
—Señora, muchas gracias.
—Maggie —corrigió ella.
—Maggie —repitió él, con una sonrisa tímida—. Hasta siempre.
—No hasta siempre —dijo ella—. Hasta que nos encontremos de nuevo en la carretera.
Jesse se rió, y aquella risa sonó a esperanza.
Maggie se subió a su coche y esperó a que él se alejara. Vio cómo la moto se perdía en el horizonte, una pequeña figura negra y plateada que se desvanecía en el calor.
Luego, antes de arrancar, tomó su teléfono y marcó un número que no llamaba desde hacía tres años.
—¿Hola? —dijo una voz al otro lado.
—Soy yo —respondió Maggie—. Su madre.
—¿Mamá? —la voz de su hija se rompió—. ¿Eres tú? He estado tratando de llamarte.
—Lo sé —dijo Maggie—. Y no contesté. Pero ahora lo he hecho. Y quiero decirte algo.
—¿Qué?
Maggie miró por el parabrisas, hacia el mismo horizonte donde Jesse se había desvanecido.
—Que te quiero. Que lo siento. Y que quiero intentarlo de nuevo.
El silencio al otro lado fue breve, pero lo suficiente para que Maggie sintiera que se le rompía algo dentro.
—Mamá, yo también te quiero.
Y entonces, por primera vez en tres años, Maggie sintió que el camino, aunque largo, valía la pena.
