Doña Teresa no estaba llorando por celos ni por orgullo, como Renata había repetido durante meses. Estaba llorando porque tenía pruebas.
Sobre el escritorio de Santiago dejó correos impresos, capturas de mensajes, transferencias y un contrato confidencial que llevaba el logotipo de Grupo Arriaga. Marisol no quiso leer, pero alcanzó a ver nombres, fechas y cantidades tan grandes que sintió vértigo.
—Renata no se acercó a mi hijo por amor —dijo doña Teresa—. Lo eligió.
Marisol tragó saliva.
En los documentos, Renata aparecía comunicándose con un competidor directo de Santiago, una firma inmobiliaria de Monterrey que llevaba meses ganando licitaciones antes de que Grupo Arriaga pudiera presentar sus propuestas. Alguien les había estado filtrando información privada: terrenos, avalúos, permisos, reuniones, cifras internas.
Ese alguien era Renata.
—¿Por qué no se lo dijo antes? —preguntó Marisol, olvidando por un segundo su lugar.
Doña Teresa sonrió con una tristeza agotada.
—Lo intenté. Muchas veces. Pero ella fue más lista.
Renata había convencido a Santiago de que su madre quería controlarlo. Le mostró mensajes sacados de contexto, exageró discusiones antiguas, lloró frente a él, se hizo la víctima. Poco a poco, Santiago dejó de contestar llamadas. Luego cambió la chapa del despacho. Después pidió a seguridad que no dejaran pasar a su propia madre sin autorización.
—Hoy logré entrar porque Diego, su asistente, me ayudó —confesó doña Teresa—. Él encontró esto hace 3 días en una carpeta compartida que Renata creyó borrada. Pero Santiago no le habría creído a Diego. Tampoco a mí.
El nombre de Diego hizo que Marisol recordara a un joven amable que siempre saludaba a los trabajadores por su nombre. Si él también estaba involucrado, aquello no era un berrinche familiar. Era una trampa enorme.
Lucía, sentada en el sillón del despacho, balanceaba los pies sin entender los millones ni las traiciones, pero entendiendo lo más importante: una mamá estaba triste y un hijo no la escuchaba.
—Yo voy por el señor —anunció.
—No, mi amor —dijo Marisol de inmediato—. Tú no puedes meterte ahí.
Lucía bajó del sillón con cuidado, como si estuviera tomando una decisión adulta.
—Pero él tiene que venir.
Antes de que Marisol pudiera cargarla, la niña salió al pasillo.
Doña Teresa se puso de pie.
—Marisol, deténgala.
