Diego respiró hondo.
—Desde antes de que la conocieras en la gala de la fundación.
Santiago cerró los ojos.
Doña Teresa habló con cuidado:
—Yo sospeché cuando empezó a preguntarme cosas que nadie fuera de la empresa debía saber. Después encontré contradicciones. Te lo dije. Tú pensaste que eran celos.
—Yo te saqué de mi casa —murmuró Santiago.
—Sí.
No lo dijo con reproche. Eso lo hizo peor.
Lucía, que se había subido al sillón, miraba a los adultos como si estuvieran tardando demasiado en resolver algo sencillo.
—¿Ya no está triste? —le preguntó a doña Teresa.
La mujer la miró, y una sonrisa pequeñita apareció entre tanta ruina.
—Un poco menos, mi niña.
Santiago giró hacia Marisol.
—¿Usted vio esto?
—No quería verlo, señor —respondió ella—. Su mamá abrió el sobre. Yo solo… me quedé porque mi hija no quiso irse.
—Pudo llevarla de regreso a la cocina.
Marisol sintió un nudo en la garganta.
—Sí.
—¿Por qué no lo hizo?
Ella miró a Lucía. La niña estaba jugando con la orilla de un cojín, ajena al tamaño del desastre que acababa de provocar.
—Porque a veces los niños entienden antes que uno cuándo alguien necesita ayuda.
Santiago no contestó.
En ese momento, la puerta del despacho se abrió sin tocar. Renata entró con el rostro encendido, seguida por su padre.
—Ya estuvo bien —dijo ella—. No voy a permitir que una empleada, una niña maleducada y una señora resentida arruinen mi compromiso.
Marisol dio un paso hacia Lucía.
Doña Teresa levantó el mentón.
Santiago dejó los papeles sobre el escritorio.
—Renata, ¿qué es esto?
Ella miró la carpeta, apenas un segundo. Suficiente.
—No sé. Seguramente documentos manipulados.
Diego sacó su celular.
—Tenemos los metadatos, los respaldos del servidor y una grabación de la reunión en el hotel de Santa Fe.
Renata lo miró con odio.
—Tú eras un asistente. Nada más.
—Y aun así entendí lo que tu prometido no quiso ver —respondió Diego.
El padre de Renata se acercó a Santiago con una sonrisa de político.
—Muchacho, piensa bien lo que haces. En todas las familias hay malentendidos antes de una boda. No conviene hacer un escándalo.
Santiago soltó una risa seca.
—¿Malentendido? ¿Así le llama a vender información confidencial?
Renata cambió de estrategia. Sus ojos se llenaron de lágrimas tan rápido que Marisol entendió por qué Santiago había caído.
—Mi amor, yo iba a explicártelo. Me presionaron. Tú sabes cómo es mi papá. Yo solo quería protegernos.
Santiago la observó como si la viera por primera vez.
—¿Protegernos?
—Sí. Todo se salió de control.
—¿También se salió de control cuando hiciste que seguridad no dejara entrar a mi madre?
Renata apretó los labios.
—Ella quería separarnos.
—Me estaba advirtiendo.
—Porque nunca me aceptó.
—Porque te conoció mejor que yo.
La frase cayó pesada.
Fuera del despacho, los invitados murmuraban. Alguien intentó acercarse, pero Diego cerró la puerta.
Santiago tomó el anillo de compromiso que Renata llevaba en la mano. No se lo arrancó. Solo extendió la palma.
—Devuélvemelo.
Renata lo miró con una mezcla de sorpresa y furia.
—No vas a humillarme así.
—Tú me humillaste desde el primer día que fingiste amarme.
—No tienes idea de con quién te estás metiendo.
—Sí la tengo —dijo Santiago—. Y por eso mi equipo legal va a presentar denuncia esta misma noche.
El senador Villaseñor perdió la sonrisa.
—Ten cuidado, Arriaga.
—Usted también.
Renata se quitó el anillo y lo dejó sobre el escritorio con un golpe seco. Luego miró a Marisol.
—Espero que estés feliz. Por culpa de tu hija, mañana no vas a tener ni trabajo.
Marisol sintió miedo. Un miedo viejo, conocido, de recibos vencidos, renta atrasada y jefes que podían destruir una vida con una llamada. Pero antes de que bajara la mirada, Santiago habló.
—No vuelva a dirigirse a ella.
Renata quiso responder, pero no encontró espacio. Salió del despacho como quien pierde una corona, seguida por su padre.
La fiesta terminó en menos de 15 minutos.
Los invitados bajaron por el elevador en silencio. Las copas quedaron medio llenas. La comida se enfrió sobre charolas de plata. La música se apagó. Los meseros recogieron todo con esa discreción profesional de quienes han visto derrumbarse más vidas ricas de las que se imaginan.
Marisol permaneció en el despacho con Lucía dormida en brazos. La niña había caído rendida apenas pasó la tormenta, como si su pequeña misión estuviera cumplida.
—Me disculpo —dijo Marisol—. Yo sé que no debí traerla al salón. Mañana puedo pasar por mi pago pendiente y no vuelvo a causar problemas.
Santiago la miró con una tristeza distinta a la de antes.
—¿Problemas?
