Una niña de 5 años llegó descalza en medio de una tormenta de nieve, cargando a 2 bebés casi congelados… y cuando su tío millonario vio la pulsera en su mano, entendió que había creído una mentira durante 7 años.

La noche era blanca.

No había camino.

Solo la voz de su mamá repitiéndose en su cabeza:

Busca la casa de vidrio.

Busca a Alejandro.

Él va a ayudarte.

Mientras tanto, en una mansión moderna en lo alto de la sierra, el doctor Alejandro Rivas estaba solo, mirando la tormenta detrás de los ventanales.

Tenía 42 años, una fortuna construida con clínicas privadas en Monterrey, reconocimientos médicos, autos que casi nunca usaba y una casa tan grande que parecía museo.

Pero no tenía familia.

O al menos eso se repetía.

La verdad era otra.

Había tenido una hermana.

Mariana.

La misma a la que echó de su vida cuando ella decidió casarse con Rogelio Salvatierra, un hombre que Alejandro investigó desde el primer día:

deudas, alcohol, denuncias retiradas y una fama oscura en Torreón.

—Si sales por esa puerta con él, no vuelvas —le dijo Alejandro aquella noche.