—Si mi hija llega viva a esa casa, dile a Alejandro que por fin abra la puerta que me cerró hace 7 años.
Eso fue lo último que Mariana Rivas alcanzó a decir antes de empujar a su hija de 5 años hacia la oscuridad.
Lucía no entendió todo.
Solo vio a su mamá tirada junto a la mesa de la cocina, con sangre en la frente, una mano temblando sobre el piso frío y los ojos llenos de una urgencia que le dio más miedo que los gritos.
Afuera, la Sierra de Arteaga estaba cubierta por una nevada feroz. El viento golpeaba las ventanas como si quisiera romperlas. Los pinos se doblaban bajo el hielo. La carretera se había borrado bajo la nieve.
Pero Mariana señaló la cuna.
—Agarra a tus hermanitos. No llores. No mires atrás. Busca la casa grande de vidrio. Tu tío vive ahí.
Lucía obedeció.
Porque cuando una niña ve a su madre hablar como si estuviera despidiéndose, deja de ser niña por un momento.
Subió como pudo a la cuna, envolvió a Mateo y Tomás en una cobija azul y se los acomodó contra el pecho. Los gemelos apenas tenían 1 año. Uno lloraba bajito. El otro casi no se movía.
En la sala, Rogelio, su padre, seguía gritando.
—¡No te vas a llevar nada, Mariana! ¡Ni a los niños!
Lucía sintió que el cuerpo entero se le congelaba antes de pisar la nieve.
Salió por la puerta trasera.
Corrió.
Primero con zapatos.
Después con uno solo.
Después descalza, porque la nieve se tragó lo último que llevaba en los pies.
