La prima de Mariana, Laura, la llamó esa misma noche.
—No te quería meter en problemas, pero tienes que saberlo —dijo con voz nerviosa—. Hicieron otro grupo sin ti ni Rodrigo.
Mariana se quedó helada.
—¿Para qué?
Laura respiró hondo.
—Para organizarse e ir de todos modos a tu casa el 24. Tu mamá dijo que cuando los veas afuera, con maletas, niños y comida a medias, te vas a doblar como siempre.
Mariana sintió un golpe en el estómago.
—¿Así dijo?
—Óscar dijo que tú no tienes carácter para dejarlos en la calle. Karina dijo que tu drama se te iba a pasar.
Mariana colgó sin poder hablar. Durante 5 años había puesto la mesa para todos. Había sacrificado descanso, dinero y paz. Y ahora planeaban invadir su casa como castigo por haber dicho “no”.
Rodrigo la encontró sentada en la recámara, con los ojos rojos.
—Ya no puedo más —susurró ella.
Él se sentó a su lado.
—Entonces no lo hagas más.
Mariana lo miró.
—Quiero vender la casa.
Pensó que Rodrigo iba a decir que estaba exagerando. Pero él solo tomó su mano.
—La casa es nuestra, no una obligación familiar. Si esa casa se volvió una cárcel, salgamos de ahí.
Al día siguiente llamaron a una agente inmobiliaria, Patricia.
Revisó la propiedad, tomó fotos y dijo que podía venderse rápido porque la zona estaba muy solicitada.
—¿Tiene prisa? —preguntó.
Mariana respondió sin dudar:
—Antes de Navidad.
Pintaron paredes, empacaron adornos, limpiaron cada rincón.
En menos de 2 semanas recibieron una oferta excelente.
Mariana y Rodrigo encontraron un departamento más pequeño, moderno, cerca del centro, con vigilancia y solo 2 habitaciones.
—No hay cuarto para visitas —dijo Rodrigo.
