PARTE 2: La administradora, la licenciada Patricia, entró con una tablet en la mano y esa cara de mujer que lleva veinte años resolviendo pleitos de vecinos sin despeinarse. Detrás de ella venían don Sergio y otro guardia.
“Señora Mariana, bienvenida. ¿Cuál es el problema?”
Doña Teresa se adelantó como si estuviera en misa dando testimonio.
“El problema es que esta muchacha está desubicada. Mi hijo Diego compró este departamento para mí. Ella ya no vive aquí.”
Patricia ni siquiera parpadeó. Tocó la pantalla, buscó el número 1204 y leyó en voz alta:
“Propietaria única: Mariana Robles Cárdenas. Compra registrada hace tres años. Bien adquirido antes del matrimonio. No hay copropietarios.
No hay traspaso, venta ni cesión registrada ante notaría ni en administración.”
El color se le fue del rostro a mi suegra.
“Eso… eso no puede ser. Diego dijo que ya estaba arreglado.”
“Señora Teresa”, dijo Patricia con calma peligrosa, “su hijo no aparece como dueño. Usted está ocupando una propiedad privada sin autorización.
Tiene cinco minutos para retirar sus pertenencias o llamaremos a la policía.”
La escena fue humillante, pero necesaria.
Doña Teresa salió con la bata satinada, una maleta pequeña y, para mi sorpresa, varias de mis mascadas de seda metidas en una bolsa.
La vecina del 1202 abrió la puerta apenas un poco, fingiendo que no veía. En México nadie se mete, pero todos se enteran.
