Sacó una segunda carpeta, sujeta con una liga gris.
— Y esto es un expediente. Sobre su exmarido y su madre. Su padre lo reunió durante dos años. Está todo ahí. Léalo y decida qué hacer después.
María Fernanda asintió, guardó todo en el bolso y salió sin tocar el café.
En casa abrió la carta. La letra de su padre era firme, segura, y cada trazo parecía respirar con su voz viva.
— “María Fernanda, si lees esto, es que ya eres libre. Perdona que haya callado. Diego Hernández y su madre me chantajearon con un viejo caso fiscal. Amenazaron con denunciarme si intentaba advertirte. Pero no me quedé de brazos cruzados. Todo lo que necesitas está en el expediente. No perdones. Vive”.
María Fernanda abrió el dossier. Estados de cuenta bancarios. Fotografías de Diego con una mujer llamada Carolina Salvatierra. Copias de mensajes. Transferencias —de sus tarjetas a la empresa de Diego, luego a la cuenta de Carolina. Un departamento en renta. Regalos, viajes, restaurantes.
Miró largo rato aquellas cifras frías, luego tomó el teléfono
— ¿Claudia? Soy María Fernanda. ¿Recuerdas que dijiste que podías ayudarme con los préstamos? Necesito verte. Mañana. Sí, urgente.
Claudia Ramírez —asesora de crédito, dedos rápidos y rostro cansado— despejó la mesa y esparció los documentos:
— Mira. Cada crédito que tomaste fue a parar a las cuentas de la empresa de Diego Hernández. Después, a la de Carolina Salvatierra. No son tus deudas, María Fernanda. Son suyas, solo que a tu nombre.
— El derecho familiar está de tu lado. Si uno de los cónyuges contrae deudas para sus intereses personales sin consentimiento del otro, puedes exigir compensación.
María Fernanda sacó la carpeta de su padre y la colocó sobre la mesa.
— Tengo pruebas.
Claudia hojeó los documentos y silbó entre dientes:
