— ¡Ya está, mamá! ¡Ha firmado! ¡El departamento y la camioneta son míos! ¡Los préstamos, suyos!

— Entonces está acabado. En el sentido más legal posible.

Diez días después, Diego recibió una citación judicial. Estaba en su camioneta frente a la casa de Carolina, leyendo sin creer lo que veía.

— ¿Qué embargo es este? ¡Si ya estaba todo arreglado! ¡Ella firmó! —gritó al teléfono.

La voz del agente judicial sonó seca:
— El acuerdo amistoso no anula la responsabilidad por uso indebido de fondos. La asistencia es obligatoria.

Diego tiró el móvil al asiento y marcó el número de su madre.
— ¡Mamá, me demandó! ¡Exige que devuelva todos los créditos! Dice que los usé para mí.

Doña Guadalupe Hernández suspiró con fuerza:
— ¡Eso no puede ser! ¡No tiene dinero para abogados, es una simple contadora!

— Puede, mamá. Lo tiene todo: transferencias, fotos, estados de cuenta… ¡todo!

— Entonces presiona. Dile que ella sabía que eran gastos comunes.

— Ya no sirve —Diego apretó el volante—. Ella lo planeó todo.

Al día siguiente, Guadalupe llamó a María Fernanda. Su voz temblaba de furia, aunque mantenía un tono de falsa dignidad:
— María Fernanda, tenemos que hablar. No entiendes lo que estás haciendo. Diego es mi hijo, ¡no dejaré que lo destruyas!

María Fernanda activó el altavoz y asintió a Claudia, que estaba frente a ella. Esta pulsó el grabador.
— Hable, señora Guadalupe. La escucho. Y grabo.

Silencio. Luego una risa seca, al borde de la histeria: