— ¡Ya está, mamá! ¡Ha firmado! ¡El departamento y la camioneta son míos! ¡Los préstamos, suyos!

— ¿Crees que eres lista? ¿Que lo has calculado todo? Te detendremos igual que detuvimos a tu padre.

María Fernanda sonrió:
— ¿Ah, con el mismo chantaje fiscal? Tengo una carta. Y estoy lista para llevarla a la fiscalía, junto con esta grabación.

Silencio. Luego un tono corto.

Claudia apagó el grabador y miró a María Fernanda:
— No volverá a llamar.

— Lo sé.

Pero en otra parte de la ciudad, la historia acababa de cambiar de lado.

Carolina Salvatierra se enteró del juicio por Diego…

Carolina Salvatierra no durmió en toda la noche. Su vida perfectamente calculada se desmoronaba: cuentas bloqueadas, Hacienda pidiendo explicaciones, y de Diego Hernández emanaba desesperación y whisky. No había ido a su casa por primera vez en seis meses; solo envió un mensaje corto: «No te conectes. Lo arreglaré todo». Pero a la mañana siguiente estaba debajo de su ventana, masticando chicle de menta sin lograr disimular el olor del miedo, con las llaves del coche temblando entre los dedos.

— Carolina, súbete. Tenemos que irnos.
— ¿A dónde? —ella lo miraba, sujetando el albornoz contra el pecho—. ¡Tienes audiencia hoy!
— ¡Al diablo con el juicio, no dejaré que me encierren! —rugió furioso—. Conseguiré el dinero, solo necesito tiempo.

Ella negó con la cabeza: