— ¡Ya está, mamá! ¡Ha firmado! ¡El departamento y la camioneta son míos! ¡Los préstamos, suyos!

 

— Si huyes, todo se acabará.

Él golpeó el volante, estalló… y al instante se derrumbó, derrotado.

Mientras tanto, María Fernanda López y Claudia Ramírez estaban en su pequeño salón, lleno de cajas con moldes y papeles de la panadería. El plan estaba listo.

— Después de la vista de mañana lanzamos el comunicado de prensa —dijo Claudia, con voz baja y firme—. La historia causará impacto. Que la gente sepa lo que hizo.
— No por venganza —añadió María Fernanda—. Por la verdad.

Claudia sonrió levemente:
— A veces es lo mismo.

En el juicio, Diego estaba encorvado, aplastado por el peso de su propia mentira. Su abogado balbuceaba sobre “malentendidos”, “presión emocional” y “dificultades temporales”, pero los documentos de la carpeta de María Fernanda golpeaban más fuerte que cualquier palabra.

Fotos. Mensajes. Transferencias.

El juez lo observaba por encima de las gafas: cansado, impasible, pero en su mirada se leía la sentencia.

— El tribunal ordena al demandado devolver los fondos tomados bajo préstamos conjuntos, reconocidos como uso indebido. Además, se instruye investigación financiera sobre la empresa del acusado.

La sentencia sonó más débil que un suspiro de muerte.

Diego no se movió. Solo los dedos se le crisparon.