Pero apenas unos instantes después de que su bebé llegara al mundo, la doctora miró al recién nacido y, de repente, rompió a llorar.
Joanna entró por las puertas del hospital una fría mañana de martes sin que nadie la acompañara.
Sin marido.
Sin familia.
No tengo amigos.
Solo una maleta descolorida, un viejo suéter envuelto alrededor de sus hombros y nueve meses de desamor que había aprendido a sobrellevar sin ayuda.
En la recepción, una enfermera le dedicó una amable sonrisa.
¿Vendrá pronto tu marido?
Joanna obligó a sus labios a moverse.
—Sí —susurró—. Debería estar aquí más tarde.
Pero no era cierto.
Logan Wright había desaparecido siete meses antes, la misma noche en que Joanna le dijo que estaba embarazada.
No hubo ninguna discusión terrible. Ni gritos. Ni una despedida dramática.
Solo una maleta preparada, una excusa poco convincente y el suave clic de la puerta al cerrarse tras él.
Durante semanas, Joanna lloró hasta quedarse dormida.
Entonces, un día, el llanto cesó.
No porque la herida hubiera cicatrizado.
Pero porque ya no tenía fuerzas para seguir rompiendo.
Alquiló una habitación diminuta, trabajaba largas jornadas en un restaurante local y ahorraba el poco dinero que podía.
Todas las noches, se ponía las manos sobre su creciente vientre y le hablaba en voz baja al niño que llevaba dentro.
—Sigo aquí —susurró.
“Y nunca te abandonaré.”
