Cuando comenzó el trabajo de parto, llegó antes de lo que ella esperaba.
Las siguientes doce horas fueron brutales.
Cada contracción le robaba el aire de los pulmones. Las enfermeras la guiaban a través del dolor mientras ella se aferraba a las barandillas de la cama con manos temblorosas.
Entre oleadas de agonía, repetía una oración desesperada.
“Por favor, que mi bebé esté sano.”
Su hijo nació exactamente a las 3:17 de la tarde.
Su primer llanto llenó la sala de partos.
Joanna se recostó contra la almohada, con lágrimas deslizándose por sus mejillas.
Pero esta vez, no eran lágrimas de dolor.
Eran lágrimas de alivio.
De gratitud.
De un amor tan profundo que la asustaba.
—¿Está bien? —preguntó sin aliento.
Una enfermera envolvió al pequeño recién nacido en una suave manta y sonrió.
“Él es perfecto.”
El bebé estaba a punto de ser puesto en brazos de Joanna cuando el médico de guardia entró en la habitación.
Dr. Robert Wright.
Respetado.
