Santiago Beltrán encontró a su madre llorando sin cabello en una habitación llena de flores, mientras una empleada doméstica arrodillada frente a ella le pasaba una máquina por la cabeza con las manos temblando.
Había regresado 2 días antes de lo previsto a su mansión en Lomas de Chapultepec porque una junta en Monterrey se había cancelado de golpe. Nadie lo esperaba. Ni la administradora, ni las enfermeras, ni su prometida, ni la propia doña Teresa, su madre, que llevaba 8 meses peleando contra un cáncer avanzado.
Santiago entró con el saco colgado del brazo, el celular vibrando sin descanso y la cabeza metida todavía en un contrato millonario. Pero al cruzar el vestíbulo se detuvo. La casa olía distinto. No a desinfectante caro, ni a mármol frío, ni a ese perfume artificial que la administradora mandaba rociar cada mañana. Olía a té de canela, a flores del mercado y a algo que Santiago no supo nombrar al principio.
Olía a hogar.
Caminó hacia la habitación de su madre sin anunciarse. La puerta estaba entreabierta. Se asomó y vio a doña Teresa sentada junto a la ventana, envuelta en un rebozo azul, con los ojos cerrados. Frente a ella estaba Marisol, una muchacha de 27 años que trabajaba en limpieza desde hacía 6 meses. Santiago apenas recordaba haberla visto.
Marisol no llevaba uniforme impecable, sino una blusa sencilla y el cabello recogido. Tenía los ojos rojos. Mientras rasuraba con cuidado los últimos mechones de doña Teresa, lloraba en silencio.
Doña Teresa sostenía la muñeca de Marisol como si esa mano fuera lo único firme en un mundo que se le estaba deshaciendo.
Santiago sintió una punzada extraña. Él había pagado los mejores oncólogos de México, 2 enfermeras por turno, medicamentos importados, una cama hospitalaria, terapias, nutriólogos y una administradora médica que le enviaba reportes todos los viernes. Había hecho todo lo correcto.
Pero nunca había hecho eso.
Nunca había estado arrodillado frente a su madre mientras ella perdía el cabello. Nunca le había preguntado si quería flores. Nunca se había sentado a leerle cuando no podía dormir. Nunca había notado que el miedo también enferma.
Se retiró sin hacer ruido.
A la mañana siguiente, llamó a la administradora.
—Quiero el expediente completo de Marisol Rivas.
La señora Peralta llegó en menos de 20 minutos.
—Marisol Rivas. Limpieza general, lavandería y apoyo en áreas comunes. Entró hace 6 meses. Turno de 8 a 6.
—¿Por qué estaba ayer en el cuarto de mi madre?
