Creía que su empleada solo limpiaba… hasta que la encontró llorando junto a su madre enferma y descubrió que ella había hecho lo que su propia familia nunca hizo.

Peralta apretó los labios.

—Doña Teresa la pide con frecuencia.

—No pregunté eso. Pregunté por qué una empleada de limpieza estaba haciendo algo que corresponde al personal médico.

A las 10, Marisol entró al despacho. No bajó la mirada.

—Siéntate —ordenó Santiago.

Ella obedeció.

—Te vi ayer con mi madre.

Marisol guardó silencio.

—No fuiste contratada para cuidarla.

—Lo sé.

—Entonces explícame por qué te tomaste esa libertad.

Marisol respiró hondo.

—Porque nadie más lo estaba haciendo.

Santiago endureció el rostro.

—Mi madre tiene 4 enfermeras asignadas.

—Tiene enfermeras que le toman la presión, le dan medicamentos y anotan cifras. Eso es necesario. Pero doña Teresa también tiene miedo en la noche, vomita sola, se despierta llorando y se queda mirando la almohada llena de cabello sin que nadie le diga que sigue siendo hermosa.

Santiago se quedó inmóvil.

—Cuidado con lo que dices.

—Estoy teniendo cuidado, señor. Por eso se lo digo.

Antes de que él respondiera, la puerta se abrió. Doña Teresa entró en silla de ruedas, empujada por una enfermera nerviosa. Llevaba un pañuelo blanco cubriéndole la cabeza.

—Mamá, deberías estar descansando.

—Deberías estar escuchando —dijo ella.