Marisol se acercó.
Doña Teresa miró a su hijo.
—Hace 4 meses cambié mi testamento.
Santiago sintió que la sangre se le iba del rostro.
—¿Qué hiciste?
Doña Teresa apretó la mano de Marisol.
—Y si no lo digo hoy, mañana todos van a creer que ella me obligó.
Parte 3
Santiago miró a Marisol. Ella estaba tan sorprendida como él.
—Doña Teresa, yo no sabía nada —dijo la joven.
—Lo sé, hija. Por eso lo hice.
Santiago tragó saliva.
—Mamá, explícame.
Doña Teresa respiró despacio. Cada palabra le costaba, pero cada una salió con una claridad que nadie pudo interrumpir.
—No le dejé dinero personal a Marisol. Sé cómo funciona esta familia. Habrían dicho que me robó, que me manipuló, que me volvió loca. No iba a cargarle esa cruz.
Marisol tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Entonces ¿qué cambió?
Doña Teresa miró a Santiago.
—Ordené que una parte de mis acciones se vendiera después de mi muerte para crear una fundación de detección temprana de cáncer en colonias donde la gente no puede pagar estudios. Y puse una condición.
—¿Cuál?
—Que Marisol diseñe el programa de atención humana. No como empleada. Como directora.
Marisol se llevó una mano a la boca.
—No puedo aceptar eso.
—Sí puedes —dijo doña Teresa—. Porque tú sabes lo que a los doctores se les olvida preguntar. Sabes cuándo una persona tiene miedo, cuándo no entiende, cuándo no tiene dinero para regresar, cuándo necesita que alguien la mire a los ojos.
Santiago no podía hablar.
Doña Teresa continuó:
—La madre de Marisol murió de cáncer porque llegó tarde al diagnóstico. La mía murió de silencio, aunque yo estuviera rodeada de máquinas y médicos. No quiero que otras mujeres tengan que elegir entre una cosa y la otra.
Marisol empezó a llorar.
—Yo solo hice lo que hubiera querido que alguien hiciera por mi mamá.
—Por eso eres la indicada —respondió doña Teresa.
