—Sí tengo que hacerlo —la interrumpió la anciana—. Porque ya me cansé de que en esta casa se confunda clase con corazón.
Isabela palideció de rabia.
—Santiago, esto es absurdo. Si no pones límites hoy, mañana esa mujer estará manejando tu casa, tus decisiones y tu dinero.
—Tal vez alguien con corazón manejaría mejor esta casa que todos nosotros —respondió él.
Isabela lo miró como si acabara de traicionarla.
—Cuando recuperes la razón, me llamas.
Se fue dando un portazo.
Pero el escándalo no terminó ahí.
Esa misma tarde, la señora Peralta recibió una llamada anónima denunciando que Marisol estaba robando medicamentos y manipulando a doña Teresa para quedarse con dinero de la familia. La llamada no llegó a la policía, pero sí a una prima de Santiago, Eugenia, una mujer experta en convertir rumores familiares en juicios públicos.
Al día siguiente, 3 tías, 2 primos y Eugenia llegaron a la mansión sin invitación.
—Venimos por doña Teresa —dijo Eugenia—. No vamos a permitir que una sirvienta la controle.
Santiago estaba en la habitación de su madre cuando escuchó los gritos en el vestíbulo.
Doña Teresa apretó los labios.
—Déjalas pasar.
—Mamá, no estás para esto.
—Estoy enferma, no muerta.
Cuando la familia entró, Eugenia señaló a Marisol sin saludarla.
—Tú deberías estar en la cocina, no junto a mi tía.
Marisol no respondió.
Doña Teresa levantó la vista.
—Ella está donde yo quiero que esté.
—Tía, esa muchacha te está usando.
—La única gente que me ha usado en estos meses es la que viene a tomarse fotos conmigo para luego decir en comidas familiares que me visita.
Eugenia se quedó muda.
Una de las tías murmuró:
—Teresa, no hagas un drama.
—El drama lo hicieron ustedes cuando aparecieron a defender una herencia que nadie les ha ofrecido.
Santiago sintió que la habitación cambiaba de temperatura.
Eugenia sacó una carpeta.
—Precisamente por eso venimos. Queremos revisar tu testamento. No es normal que estés tan pegada a esta empleada.
Doña Teresa sonrió con una calma aterradora.
—Mi testamento no es asunto de ustedes.
—Sí lo es si alguien te está influenciando.
Entonces Marisol habló por primera vez.
—Yo no quiero nada de doña Teresa.
Eugenia se burló.
—Eso dicen todas.
Santiago dio un paso adelante.
—Suficiente.
Pero doña Teresa levantó la mano.
—No, hijo. Que terminen. Quiero escuchar hasta dónde llega su cariño.
Eugenia no entendió la trampa.
—Tía, piensa bien. Esa mujer no es familia.
Doña Teresa miró a todos uno por uno.
—Familia no es quien lleva tu apellido. Familia es quien se queda cuando te da miedo cerrar los ojos.
El silencio fue brutal.
En ese momento, doña Teresa comenzó a respirar con dificultad. Marisol fue la primera en notarlo.
—Necesito el oxígeno. Ahora.
La enfermera corrió. Santiago se arrodilló junto a su madre. Eugenia retrocedió, asustada.
—¿Qué le pasa?
Marisol no le contestó. Ajustó la almohada, revisó la posición de doña Teresa y habló con voz firme.
—Doña Tere, míreme. Respire conmigo.
Santiago tomó la mano de su madre.
—Estoy aquí.
Doña Teresa lo miró, tratando de sonreír.
—Ahora sí.
La crisis duró 40 minutos. Cuando el médico salió, dijo que había sido grave, pero controlada gracias a que Marisol actuó rápido.
Eugenia ya no gritaba.
Doña Teresa, agotada, pidió que todos salieran menos Santiago y Marisol.
Cuando quedaron solos, la anciana abrió los ojos.
—Hay algo que deben saber los 2.
Santiago se inclinó.
—Mamá, descansa.
—No. Ya descansé demasiado de decir la verdad.
