Creía que su empleada solo limpiaba… hasta que la encontró llorando junto a su madre enferma y descubrió que ella había hecho lo que su propia familia nunca hizo.

—¿Así que esa muchacha ya está metida hasta en los secretos de tu madre?

Parte 2

Isabela Fuentes estaba de pie en la entrada del despacho con un vestido blanco impecable, el bolso en la mano y una sonrisa fría. Había llegado sin avisar, como si la mansión también le perteneciera.

Santiago cerró la carpeta.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a verte. Pero parece que llegué justo a tiempo.

—No es asunto tuyo.

Isabela soltó una risa seca.

—¿No es asunto mío que una empleada doméstica duerma en tu casa, compre cosas para tu madre y ahora decida lo que tú debes o no debes saber?

Santiago la miró con cansancio.

—Marisol ha cuidado a mi madre cuando nadie más lo hacía.

—Tu madre tiene enfermeras. Lo que esa muchacha está haciendo se llama manipulación emocional.

—No sabes de qué hablas.

—Claro que sé. Una chica pobre, joven, entrando al cuarto de una mujer enferma, ganándose su cariño, haciéndose indispensable y luego apareciendo como santa frente al hijo millonario.

La frase cayó como una bofetada invisible.

Santiago recordó a Marisol llorando mientras rasuraba a doña Teresa. Recordó los registros. Las 19 noches. Las compras pequeñas. Las flores del mercado.

—No vuelvas a hablar de ella así.

Isabela entrecerró los ojos.

—¿Ya la defiendes así?

—Defiendo la verdad.

—No, Santiago. Estás confundiendo culpa con cariño.

Antes de que él pudiera responder, doña Teresa apareció en el pasillo. Iba en silla de ruedas, con Marisol detrás. Había escuchado lo suficiente.

—Isabela —dijo doña Teresa—, nunca entras a mi cuarto más de 10 minutos porque dices que el olor a medicina te deprime. No tienes derecho a hablar de quien sí se quedó.

Isabela se puso rígida.

—Doña Teresa, yo solo estoy protegiendo a Santiago.

—¿De quién? ¿De una mujer que me sostuvo la cabeza cuando vomité? ¿De una muchacha que me acompañó 19 noches mientras tú estabas en cenas de gala usando mi enfermedad como tema de conversación?

Marisol bajó la mirada.

—Doña Teresa, no tiene que…