La abrazaba con los dos brazos.
Esa mochila había ido con ella a la escuela, a clases de arte, a la casa de mi hermana y a todas las visitas supervisadas que Mark decía que eran innecesarias.
Yo había visto a Chloe apretarla antes, pero nunca así.
Parecía un salvavidas.
La defensora se inclinó para decirle algo al oído.
Chloe asintió, pero sus ojos no se apartaron de su padre.
Y entonces noté algo extraño.
Mark también miraba la mochila.
No a Chloe.
No a mí.
A la mochila.
Fue apenas un segundo, pero bastó para que una inquietud se me instalara debajo de las costillas.
El juez Reynolds, un hombre de cabello gris, gafas finas y una voz que rara vez cambiaba de tono, revisó unos papeles frente a él.
Había escuchado todo sin mostrar demasiado.
A veces miraba a Mark.
A veces a mí.
A veces a Chloe, con una atención que no era fría, pero sí cuidadosa.
—Gracias, licenciada —dijo finalmente.
La abogada de Mark se sentó.
Mi propio abogado, Daniel, se inclinó hacia mí.
—Respira —susurró—.
