El rostro de Mark cambió.
No mucho.
Cualquier otra persona quizá no lo habría notado.
Pero yo llevaba años estudiando cada microgesto para saber cuándo venía una tormenta.
Su cuello se tensó.
Sus dedos dejaron de tamborilear sobre la mesa.
La esquina derecha de su boca se hundió apenas.
Miedo.
Por primera vez en todo el proceso, vi miedo en él.
—Juez —intervino su abogada, levantándose—, esto es altamente irregular.
La menor iba a ser entrevistada en un ambiente controlado, no expuesta a una declaración pública que puede haber sido inducida.
La palabra inducida me atravesó como una aguja.
Chloe la oyó también.
Lo supe porque apretó la mochila contra su pecho hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
El juez
Reynolds levantó una mano.
—Licenciada, siéntese por favor.
La abogada abrió la boca, pero el juez la sostuvo con la mirada hasta que obedeció.
Luego se volvió hacia Chloe.
—Jovencita, acércate un poco, por favor.
