PARTE 2: La llave se me cayó 2 veces antes de lograr meterla en el candado.
El sonido del metal contra el piso de concreto rebotó en la oscuridad de la bodega como si alguien más estuviera ahí dentro. La agente no se movía. Tenía una mano cerca de la cintura y la mirada fija en la entrada del terreno, donde las cámaras de seguridad parpadeaban con una luz roja.
Cuando por fin abrí el candado y levanté la cortina metálica, el aire encerrado me golpeó la cara.
Adentro no había muebles, ni cajas con recuerdos, ni herramientas viejas de mi padre.
Solo una silla plegable, una lámpara blanca de campamento, 3 garrafones de agua, una caja metálica de archivos y un objeto que me hizo olvidar cómo respirar.
El bolso negro de mi madre.
El mismo bolso que, según la policía municipal, habían encontrado en el estudio de mi padre, junto al escritorio donde supuestamente cayó muerto.
Tenía un sobre pegado al asa.
Para Julián. Si lees esto, ellos te mintieron primero.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—¿Ellos quiénes? —murmuré.
El pitido detrás de la caja metálica se aceleró.
