En el funeral de mi padre, apenas habían echado la primera palada de tierra sobre el ataúd cuando el sepulturero me tomó del brazo y susurró: “Tu padre me pagó para enterrar una caja vacía.”

 

La agente entró de inmediato.

—Tome la caja. Nos vamos ya.

—No hasta que me diga qué está pasando.

—No tenemos tiempo.

Afuera se escuchó el rechinar de llantas sobre grava.

Unas luces altas iluminaron la bodega como si fuera de día. Una camioneta negra entró a toda velocidad y se atravesó detrás de mi coche, bloqueando la salida.

La agente sacó su arma.

—¡Fiscalía! ¡Apaguen el motor y bajen con las manos visibles!

Las puertas de la camioneta se abrieron.

Bajaron 2 hombres con chamarras tácticas, gorras bajas y rostros cubiertos. No parecían policías. No dieron advertencias.

Uno levantó un arma corta.

Dos disparos secos golpearon la pared a centímetros de mi cabeza.

—¡Al suelo! —gritó la agente.

Me lancé dentro de la bodega, arrastrando el bolso de mi madre y la caja metálica. El pitido sonaba más fuerte, más rápido, como si algo invisible estuviera marcando nuestros segundos de vida.

La agente disparó hacia afuera y luego bajó la cortina metálica de un tirón. Los impactos comenzaron a golpearla desde el otro lado.

Tac. Tac. Tac.

Cada bala dejaba un abollón.

—Su teléfono activó una señal al llegar —dijo ella, respirando con dificultad—. Lo estaban esperando. Si hubiera ido a su casa, ya estaría muerto.

Mi celular vibró otra vez.

Lo saqué con la mano helada.