En el funeral de mi padre, apenas habían echado la primera palada de tierra sobre el ataúd cuando el sepulturero me tomó del brazo y susurró: “Tu padre me pagó para enterrar una caja vacía.”

Otro mensaje de mi madre.

Sé que estás en la bodega 17. No confíes en la mujer de la placa.

Miré a la agente.

Ella miró mi pantalla.

Por primera vez, vi miedo en su rostro.

—Ese mensaje no viene de su madre.

—¿Y cómo sé que usted no está mintiendo?

Afuera, algo metálico raspó la cortina. Estaban forzándola.

La agente apuntó la lámpara al fondo de la bodega. Había una compuerta pequeña, casi invisible, recortada en la pared de tablaroca.

—Su padre no construyó esto para guardar papeles —dijo—. Lo construyó para escapar.

La cortina se dobló con un crujido brutal.

No pensé.

Tomé el bolso, abracé la caja metálica contra el pecho y me metí por la compuerta detrás de la agente.

Caímos en una zanja lodosa detrás del terreno justo cuando la cortina de la bodega reventó.

Y entonces escuché una voz por el altavoz de la camioneta:

—Julián, sal. Tu mamá está con nosotros.