Durante veinte años la había llamado "amante" —de forma habitual, casi afectuosa— sin siquiera considerar que la palabra pudiera ocultar algo más. Hasta que un día, un amigo de la capital pronunció una frase que le heló la sangre: como si durmiera junto a una figura tallada en madera, no a una mujer. Y una polvorienta mañana en el mercado, el guardabosques se dio cuenta: había pasado años abrazando no a una persona, sino una costumbre, como una compuerta de estufa en lugar de una calidez humana.
El otoño llegó abruptamente a Zaozerye, como si truncara el verano de un solo golpe. Los bosques se oscurecieron, el aire se volvió denso e incluso los senderos conocidos perdieron su confort, transformándose en silenciosos corredores de la húmeda taiga. La casa del guardabosques Prokhor Ryabinin se alzaba al borde de este mundo: robusta, construida con troncos, como si estuviera enraizada en la tierra. Y era precisamente en días como estos cuando recibía con especial agrado a un huésped.
Para esta reunión, sacó un viejo UAZ, pasó un buen rato trasteando con el motor, maldiciendo el aceite rancio, y por la mañana partió hacia el centro regional. Sintió una extraña sensación en el pecho: una mezcla de alegría y ansiedad, como antes de un examen que había olvidado hacía mucho tiempo pero que de repente había vuelto a programarse.
Veinte años es un tiempo que lo cambia todo. Aquel joven delgado y brusco, proveniente del entrenamiento militar, se ha convertido en un hombre silencioso y fuerte, con arrugas alrededor de los ojos que parecen esculpidas por el viento y la nieve. El bosque se ha convertido en su principal compañero, y las personas son raras en su vida. Pero había una persona a la que siempre recordaba.
Gleb Yavorsky, apodado el Conde. Destacaba en el ejército: alto, sereno, con una voz segura y precisa, como si supiera de antemano lo que iba a decir. Eran muy unidos entonces, como solo pueden serlo quienes han compartido la misma angustia y el mismo cansancio.
