Y ahora, Gleb, tras haber dejado atrás la bulliciosa ciudad y su trabajo en una empresa de diseño, viajaba para reunirse con él a través de medio país. Tren, autobús, camino lleno de baches… todo por una sola reunión.
Prokhor esperaba en la parada del autobús. Ya no paseaba de un lado a otro como antes, sino que permanecía inmóvil, apoyado en el coche, fumando y mirando fijamente el cristal turbio de la estación. Su corazón latía con fuerza, como si no pudiera encontrar su sitio.
Cuando el autobús por fin se detuvo, bajó un hombre con un abrigo caro pero arrugado. Llevaba una cartera de cuero. Parecía fuera de lugar allí, como si simplemente hubiera aparecido por casualidad entre los edificios grises y los charcos de barro. Al principio, Prokhor ni siquiera lo reconoció.
Pero esa misma mirada —esa misma mirada serena y atenta— lo puso todo en perspectiva. Se acercaron el uno al otro casi simultáneamente y se abrazaron con fuerza, como si intentaran recuperar veinte años perdidos.
—Hola, conde —dijo Prokhor con voz ronca—. Creí que nunca lo lograrías. —Sigues siendo el mismo oso de siempre, Prokh —sonrió Gleb, sujetándolo por los hombros—. Solo que tus canas te han hecho ganar peso.
Las bromas fluían con naturalidad, como si aquellos años nunca hubieran existido. Regresaron al bosque por el camino estrecho, y Gleb permaneció en silencio, mirando por la ventana. El bosque le parecía interminable e inhóspito, casi primigenio.
La casa apareció de repente: robusta, luminosa, con marcos de puertas tallados. Y una mujer estaba de pie en el porche.
Se secó las manos con el delantal y miró el coche que se acercaba con calma, sin inmutarse. El viento le acariciaba el cabello, que se había escapado de debajo del pañuelo. Su rostro era sencillo, vivaz, de rasgos suaves y una mirada atenta en sus ojos grises.
Gleb contuvo la respiración por un instante.
—Esta es Ulyana —dijo Prokhor, rodeándola con el brazo con la seguridad propia de un amo—. Mi señora. Todo depende de ella.
La mujer se sintió un poco avergonzada por esas palabras, pero le tendió la mano al invitado. El apretón de manos fue cálido y seguro.
— Entra. Probablemente estés cansado del viaje. Mi samovar está listo y los pasteles están recién hechos.
Gleb inclinó ligeramente la cabeza, como si aceptara no solo una invitación, sino algo más.
— Gracias. Se reconoce el hogar enseguida… por el olor y el silencio.
Ulyana apartó la mirada rápidamente y entró en la casa, como si no quisiera quedarse en ese momento. Pero por alguna razón, Gleb sintió una extraña sensación en su interior: ligera, pero persistente.
La velada se prolongó. La mesa estaba llena de gente, con un ambiente cálido y bullicioso. Prokhor hablaba más de lo habitual, riendo y rememorando anécdotas del ejército, mientras Gleb escuchaba, a veces haciendo preguntas, pero sobre todo observando. Ulyana se movía por la casa casi desapercibida: ponía los platos, limpiaba, atendía la estufa. Pero todo en esta casa parecía depender de ella: el orden, la calidez, la tranquilidad.
No intervino en la conversación, limitándose a sonreír ocasionalmente con la comisura de los labios.
