PARTE 1
—Mi mamá tiene un tatuaje igual al suyo.
Elías Moreno sintió que la sangre se le bajaba hasta las botas.
Estaba sentado en una banca oxidada del parque Hundido, con un vaso de café aguado entre las manos y la camisa de mezclilla arremangada hasta los codos. En su antebrazo izquierdo se veía el viejo tatuaje de una brújula rota, mal hecha, con la estrella del norte incompleta.
Frente a él había 3 niñas idénticas.
Tendrían 7 años. Llevaban abrigos beige, zapatos limpios, moños perfectos y una manera de mirar que no parecía de niñas. Parecían salidas de una revista cara de Polanco y abandonadas por error en medio de los columpios.
Elías parpadeó.
—¿Qué dijiste?
La niña del centro señaló su brazo.
—La brújula. Mi mamá tiene una igual. Pero en el hombro.
