Elías no podía respirar.
Ese tatuaje no era común. Lo había dibujado él mismo en una servilleta, 8 años atrás, en una cantina de Guadalajara, durante una noche que siempre intentó olvidar. Una mujer llamada Camila, o al menos así dijo llamarse, había reído con él como si el mundo no existiera. Al amanecer, los dos llevaban la misma brújula marcada en la piel.
Una brújula rota, porque ninguno sabía a dónde iba.
—¿Cómo se llama tu mamá? —preguntó Elías con la voz quebrada.
Antes de que la niña respondiera, una mujer con uniforme gris corrió hacia ellas.
—¡Regina! ¡Lucía! ¡Valentina! ¿Qué están haciendo?
La niñera tomó a las 3 por los hombros, pálida de miedo.
—Perdone, señor. No debieron acercarse.
Elías se levantó. Era alto, ancho de espalda, con manos de carpintero y polvo de madera metido en las uñas.
—Espere. Solo quiero saber…
—La señora Montes se va a poner furiosa —murmuró la niñera, jalando a las niñas hacia una camioneta negra con vidrios polarizados.
Montes.
El apellido lo golpeó como una piedra.
Camila Montes era la directora de una de las empresas de transporte y logística más poderosas de México. Su rostro aparecía en revistas de negocios, portadas de periódicos y eventos de beneficencia. Elías la había visto alguna vez en una pantalla de la tortillería, sin reconocer a la mujer que una vez durmió junto a él en un hotel barato.
La niña del centro volvió la cabeza antes de subir a la camioneta.
Sus ojos eran grises.
Iguales a los de Camila.
