Las trillizas se acercaron al padre soltero y dijeron: “Hola, señor, nuestra madre tiene un tatuaje igual al suyo.” Él se quedó helado… porque esa brújula rota era el secreto de una noche que creyó enterrada para siempre.

 

Esa noche, en su departamento pequeño de Portales, Elías no pudo cenar. Su hijo Mateo, de 6 años, dormía en el cuarto de al lado, abrazado a un dinosaurio de peluche. Elías abrió su vieja laptop y buscó: “Camila Montes trillizas”.

Aparecieron fotos.

Camila en una gala. Camila bajando de una camioneta blindada. Camila con 3 niñas tomadas de la mano. Ningún padre. Ningún esposo.

Luego encontró una imagen de hace 2 años: Camila con vestido abierto en la espalda.

Ahí estaba.

La brújula rota sobre su hombro izquierdo.

Elías cerró la computadora de golpe.

Las cuentas no mentían. La edad de las niñas, la noche en Guadalajara, la desaparición de Camila al amanecer.

Todo encajaba.

Al día siguiente, Elías fue al edificio de Montes Global, en Santa Fe. Vestía sus mejores botas, pantalón oscuro y una chamarra limpia. Aun así, al entrar al lobby de mármol blanco, todos lo miraron como si hubiera entrado por error.

—Necesito ver a Camila Montes —dijo en recepción.

—¿Tiene cita?

—No. Dígale que Elías está aquí.

La recepcionista sonrió sin sonreír.

—La señora Montes no recibe visitas sin agenda.

Elías pidió una hoja. Escribió solo 4 palabras:

“Tengo la brújula rota”.