Diez minutos después, lo subieron al piso 41.
Camila lo esperaba frente a un ventanal enorme. Traje blanco, cabello recogido, rostro frío. Pero cuando vio a Elías, sus dedos temblaron.
—Tú —susurró.
—Yo.
Camila no sonrió.
—¿Cuánto quieres?
Elías sintió rabia.
—No vine por dinero. Vine porque 3 niñas me dijeron que su mamá tiene mi mismo tatuaje.
Camila cerró los ojos.
—No debieron hablar contigo.
—¿Son mías?
El silencio fue peor que cualquier grito.
Camila giró lentamente. Sus ojos grises estaban llenos de algo parecido al miedo.
—Sí —dijo al fin—. Son tuyas.
Elías tuvo que apoyarse en una silla.
—¿Y pensabas nunca decírmelo?
Camila levantó la barbilla.
—No sabía tu apellido. No tenía tu teléfono real. Tú tampoco sabías quién era yo.
—Pero después pudiste buscarme.
