—¿Por qué esta brújula sí está completa?
Elías miró a Camila. Luego a las niñas.
—Porque ustedes no tienen la culpa de que nosotros nos hayamos perdido.
Lucía pasó el dedo por la estrella.
—Huele a humo.
—Es madera de cerezo —explicó Mateo con orgullo—. Mi papá arregla cosas rotas. Sillas, mesas, puertas. Una vez arregló una cuna.
Camila bajó la mirada.
—También hay cosas que no se arreglan como muebles —dijo Elías—. Pero se pueden cuidar mejor desde hoy.
Valentina se colgó la brújula al cuello.
—¿Podemos venir otro día?
La pregunta fue sencilla. Pero a Camila le tembló la boca.
Elías no respondió por ella.
Camila respiró hondo.
—Sí. Si ustedes quieren, sí.
Regina miró a su madre.
—Pero sin mentiras.
Camila se quitó los lentes. Sus ojos estaban rojos.
—Sin mentiras.
Durante los meses siguientes, nada fue perfecto. Hubo abogados, acuerdos, terapia familiar y discusiones difíciles. Camila tuvo que aprender a soltar el control. Elías tuvo que aprender a entrar en un mundo donde todo parecía diseñado para recordarle que no pertenecía.
