Las trillizas se acercaron al padre soltero y dijeron: “Hola, señor, nuestra madre tiene un tatuaje igual al suyo.” Él se quedó helado… porque esa brújula rota era el secreto de una noche que creyó enterrada para siempre.

Elías pensó en su taller, en la renta, en Mateo, en los abogados que Camila podía pagar sin pestañear. Pensó en las 3 niñas frente a él, tan bien vestidas y tan perdidas.

—Vamos a empezar con la verdad —dijo—. Y luego con tiempo.

Camila cerró los ojos. Una lágrima bajó por su mejilla.

—Mañana llamaré a mi abogada. No para pelear. Para hacer las cosas bien.

—Y yo buscaré asesoría —respondió Elías—. Porque ser pobre no significa firmar lo que me pongas enfrente.

Camila asintió. Por primera vez, no discutió.

Mateo se acercó a las trillizas.

—¿Quieren ver mi dinosaurio? No es caro, pero ruge si le pegas aquí.

Valentina tomó el juguete con cuidado.

—No parece anatómicamente correcto.

—Pero ruge —insistió Mateo.

El dinosaurio soltó un sonido horrible. Las 3 niñas se sobresaltaron. Luego Lucía soltó una risa pequeña. Después Valentina. Finalmente Regina.

Elías sintió que algo en el taller cambiaba.

No se arreglaba. No todavía. Pero dejaba de estar completamente roto.

Una semana después, Camila aceptó reunirse en un lugar neutral: el Bosque de Chapultepec, temprano, antes de que llegaran demasiadas familias. No llevó escoltas cerca. Solo una camioneta discreta a distancia.

Elías llegó con Mateo y una bolsa de papel.

Las niñas venían con ropa sencilla, aunque se notaba que alguien había elegido “sencilla” desde una tienda carísima. Camila llevaba lentes oscuros, pero no pudo ocultar que había llorado.

Se sentaron cerca del lago.

Elías abrió la bolsa y sacó 3 pequeños colgantes de madera. Cada uno tenía grabada una brújula. Pero no rota.

Esta vez, la estrella del norte estaba completa.

—Los hice para ustedes —dijo.

Regina tomó el suyo primero.