—Papá, ¿por qué hay niñas iguales en la casa?
Nadie supo qué decir.
Valentina lo miró con curiosidad.
—¿Tú eres Mateo?
—Sí. ¿Ustedes son espías?
Lucía frunció el ceño.
—No.
—Parecen espías ricas.
Por primera vez, Regina casi sonrió.
Camila dio un paso hacia sus hijas, pero Regina retrocedió. Ese gesto la destrozó más que cualquier insulto.
—Yo solo quería protegerlas —dijo Camila con la voz rota.
—Nos mentiste —respondió Regina.
—Sí.
La palabra salió apenas audible.
Camila se sentó en una silla vieja del taller, sin importarle que tuviera polvo. Sus manos temblaban sobre las rodillas.
—Cuando nacieron, yo estaba sola. Tenía miedo de que me las quitaran, miedo de que mi familia usara a su padre para atacarme, miedo de que ustedes crecieran rodeadas de gente que solo quería algo de nosotras. Me equivoqué. Creí que si controlaba todo, nada podía hacerles daño.
Elías la miró en silencio.
Camila respiró con dificultad.
—Pero terminé haciendo daño yo.
Las niñas no corrieron a abrazarla. Eso fue lo más doloroso. Se quedaron quietas, intentando entender que su madre, la mujer que siempre parecía invencible, también podía estar equivocada.
Elías se levantó.
—No vamos a resolver 7 años en una noche.
Camila lo miró, esperando un ataque.
Pero él solo tomó un pedazo de madera de cerezo de la mesa.
—Yo no quiero una guerra. No quiero salir en periódicos. No quiero quitarte a las niñas. Pero tampoco voy a aceptar que me borres otra vez.
Regina levantó la barbilla.
—¿Entonces qué va a pasar?
