Las trillizas se acercaron al padre soltero y dijeron: “Hola, señor, nuestra madre tiene un tatuaje igual al suyo.” Él se quedó helado… porque esa brújula rota era el secreto de una noche que creyó enterrada para siempre.

Elías permaneció quieto. Tenía las manos manchadas de polvo de madera, la camisa vieja, el rostro cansado. No parecía un hombre preparado para recibir 3 hijas en una sola noche. Pero tampoco parecía dispuesto a huir.

Lucía miró los pedazos del cheque.

—¿Le estabas pagando para que no nos viera?

Camila se llevó una mano al pecho.

—Lucía…

—Eso significa que sí —dijo la niña.

Valentina, la más callada, dio un paso hacia Elías.

—¿Usted sabía de nosotras?

Elías se agachó despacio hasta quedar a su altura. Su voz salió ronca.

—No. Si lo hubiera sabido, habría intentado encontrarlas.

Regina observó su tatuaje.

—Mamá dijo que algunas personas se acercan por dinero.

—Tu mamá tenía miedo —respondió Elías—. Pero yo no vine por dinero.

—Rompiste el cheque —dijo Lucía.

—Sí.

—Era mucho dinero.

—Sí.

—Entonces eres mal inversionista.

Elías soltó una risa breve, triste.

—Probablemente.

Mateo apareció en la puerta del cuartito, despeinado, con su dinosaurio en la mano.