Camila cerró los ojos.
—Te vi cargando a Mateo en la calle. Ibas con la camisa llena de pintura, comprando pan dulce con monedas. Pensé que si entrabas en sus vidas, ibas a sufrir tú, iban a sufrir ellas y todo se iba a volver un desastre.
—No pensaste en ellas. No pensaste en mí. Decidiste como siempre decides: sola.
Camila levantó la voz.
—¡Porque nadie me ayudó nunca!
El grito rebotó en las láminas del taller.
Por primera vez, Camila no parecía una mujer poderosa. Parecía una muchacha asustada escondida dentro de ropa cara.
—Mi familia quería que abortara —susurró—. Decían que 3 bebés sin padre iban a destruir la empresa. Me llamaron irresponsable, fácil, tonta. Mi propio tío intentó quitarme la dirección porque estaba embarazada. Yo tuve que volverme de piedra para que no nos devoraran.
Elías bajó la mirada. La entendía. Pero entender no era perdonar.
—Eso no te daba derecho a borrarme.
Camila tomó la carpeta y la empujó hacia él.
—Firma.
Elías abrió el sobre. Sacó el cheque. Lo miró largo rato.
Luego lo rompió en 4 pedazos.
Camila palideció.
—Estás cometiendo un error.
—No. El error fue creer que todo tiene precio.
En ese momento, una voz pequeña sonó desde la puerta.
—Mamá… ¿él es el de la brújula?
Elías y Camila giraron al mismo tiempo.
Regina estaba ahí, con pijama bajo un abrigo, mirando los pedazos del cheque en el piso.
Detrás de ella estaban Lucía y Valentina.
Camila se quedó sin voz.
Las 3 niñas habían escuchado todo.
PARTE 3
—¿Él es nuestro papá?
La pregunta de Regina cayó en el taller como un golpe seco.
Camila abrió la boca, pero no pudo mentir. No esta vez. No frente a esas 3 niñas que la miraban con los mismos ojos grises con los que ella había aprendido a esconder el miedo.
