“Me pagaban por acompañarlo… pero terminé esperándolo por amor.”
Al principio solo era un trabajo. Ocho horas diarias, cinco días a la semana, ciento veinte mil pesos al mes. Nada mal para una estudiante de enfermería que necesitaba pagar el alquiler.
El señor Ferrero era mi asignación en el geriátrico Los Álamos: habitación 307, ochenta y cuatro años, sin familiares registrados. El expediente decía "sin visitas" con una nota al margen que alguien había subrayado dos veces.
La primera vez que entré a su cuarto, él estaba mirando por la ventana. Ni siquiera volteó.
—Buenos días, señor Ferrero. Soy Valentina, voy a—
—¿Cuánto te pagan? —me interrumpió.
Me quedé con la bandeja del desayuno en las manos.
—Disculpe, ¿cómo dice?
—Que cuánto te pagan por estar aquí. —Ahora sí me miró. Tenía los ojos grises, acuosos, pero todavía afilados—. Porque claramente no vienes por voluntad propia.
—Es mi trabajo —dije, tratando de sonar profesional.
—Ah. Tu trabajo. —Se rio, una risa seca que terminó en tos—. Al menos eres honesta.
Durante las primeras semanas mantuvimos esa distancia. Yo cumplía con mi rutina: le llevaba la comida, lo ayudaba con la medicación, le leía el diario si me lo pedía. Él aceptaba todo con una cortesía fría, como quien recibe el servicio de un hotel.
Pero había algo raro. Cada tanto lo encontraba escribiendo. Siempre a mano, con esa letra temblorosa de anciano, en hojas amarillentas que guardaba en el cajón de la mesita de noche.
—¿Cartas? —le pregunté un día.
—Mmh. —No levantó la vista del papel.
